Uno vive su vida tan tranquilo, con los problemas
habituales, quiero decir. Con las cosas buenas y malas que solemos tener a lo
largo del camino. Trabajo, aficiones, responsabilidades, etc. Por ponerlo de algún
modo, imaginemos que cada uno llevamos un cierto equilibrio en una balanza. A
un lado cosas que nos gustan, que nos divierten y que disfrutamos, como salir
con los amigos, los ratos de ocio, viajar, etc; del otro lado, todas aquellas
tareas fastidiosas como el trabajo, la responsabilidad, los horarios, etc. que
hacemos porque, bueno, porque no tenemos más remedio que hacerlas. Tampoco es
que nos planteemos mucho la cuestión. Mas bien pasamos el tiempo que dedicamos
a hacer esas cosas fastidiosas a pensar en lo bien que lo vamos a pasar
haciendo las que nos gustan, y el tiempo que dedicamos a hacer las placenteras
en olvidar las fastidiosas. A así vamos, equilibrando la balanza.
De repente, como si de un mazazo brutal se tratase, una sola
pesa que parece más grande que todas las demás golpea salvajemente la balanza y
hace caer todas las otras pequeñas pesas, insignificantes ahora. Te han
diagnosticado Parkinson. Y parece que el nuevo peso ha inclinado tu balanza
para siempre. Pero he aquí que no. Al igual que antes, para todo peso hay un
contrapeso, y uno empieza a hacer malabarismos con la medicación y la
enfermedad. De un lado el peso de la enfermedad te lleva al extremo de la
rigidez, del otro el exceso de medicamentos hace que te encuentres descontrolado
por movimientos involuntarios, más desagradables incluso que la propia rigidez.
Y uno se ve de nuevo tratando de llevar un equilibrio, aunque esta vez te
parezca que no es entre placeres y fastidios, sino entre dos males, a ninguno
de los cuales se les quiere. Si tan sólo le dejasen a uno en ese punto
intermedio donde la balanza se equilibra… pero qué fácil es que esta se incline
a un lado o a otro.
Claro que luego te das cuenta de que los efectos de la
enfermedad y de la medicación no son sino dos aspectos de un mismo organismo
que eres tú, y que no son opuestos sino complementarios. Al fin y al cabo,
tampoco eran opuestas las horas de trabajo y de responsabilidades, pues ellas
mismas eran las que te permitían las gratas horas de ocio. Enfermedad y medicación,
eso sí, son dos alternativas que nadie ha escogido. Pero las leyes de la física
y la mecánica de los pesos es la misma para ambas. Entonces uno se da cuenta de
que si el mazazo inicial de la enfermedad fue tan grande fue porque hizo saltar
todas las otras pequeñas pesas y contrapesas que estábamos acostumbrados a
manejar. Tal vez debamos, en la medida de lo posible, volver a hacer nuestro
balance vital contando con ellas. Cuantas más pesas haya en la balanza, la de
la familia, la de los amigos, la del ocio, y también, desde luego, la del
trabajo y las responsabilidades (en la medida en que cada uno se lo permita)
menos peso, y menos importancia, tendrán las pesas de la enfermedad y de la
medicación. O no, quizá no, el peso será el mismo, pero será mucho más fácil
mantener en el equilibrio. Al fin y al cabo, de eso se trató desde un
principio.
José Sánchez-Cerezo de la Fuente
